Escapulario del Carmen, Consagración Interior Introducción

 




Importancia


Llevar puesto el escapulario de Ntra. Sra. del Carmen ayuda a las almas a llegar al Cielo, salvándolas del infierno. 

Llevar puesto el escapulario de Ntra. Sra. del Carmen ayuda a las almas a llegar al Cielo, salvándolas del infierno. No es un asunto de poca importancia, sino el más importante de todos: ganar la vida eterna por la promesa de la Virgen María. (Papa Pío XII). Dijo Jesús: ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?.


¿Qué es?

El escapulario es un vestido, es el hábito de la Virgen María del Monte Carmelo que también lleva la Orden Carmelitana en el carisma monacal del Profeta San Elías y los Santos Fundadores y Reformadores de la Orden. Es un escudo espiritual. El hábito o uniforme indica pertenecer a alguna asociación. El escapulario indica que el que lo lleva pertenece a la Virgen, y Ella prometió socorrer a quien lo llevara puesto, especialmente en el momento de la muerte. 

El escapulario es un sacramental, esto es, un objeto religioso que la Iglesia ha aprobado como signo que nos ayuda a vivir santamente y a aumentar nuestra devoción. Los sacramentales deben mover nuestros corazones a renunciar a todo pecado, incluso al venial. El escapulario, al ser un sacramental, no nos comunica gracias del mismo modo que lo hacen los sacramentos. Las gracias nos vienen por nuestra respuesta de amor a Dios y de verdadera contrición del pecado, lo cual el sacramental debe motivar.



¿Cómo hay que hacer para usarlo?

La primera vez debe imponerlo un sacerdote. Desde entonces, siempre debe llevarse el escapulario. Si se pierde o se estropea simplemente se deberá conseguir otro y ponérselo uno mismo, sin que sea necesaria una nueva imposición por parte del sacerdote. Se puede reemplazar por una medalla de metal que tenga de un lado el Sagrado Corazón y del otro la Santísima Virgen, la cual debe ser bendecida por un sacerdote. Se reciben las mismas gracias, pero es recomendable usar el escapulario de tela.


¿Qué gracias o favores nos consigue?

– Nos protege de los peligros del cuerpo y del alma, en la vida y especialmente en la hora de la muerte. 

– Dijo la Santísima Virgen a San Simón Stock que quien muera con el escapulario puesto no iría al infierno, no permitirá que muera en pecado mortal. Esta seguridad de ir al Cielo es un regalo incomparable. 

– La Santísima Virgen le prometió al Papa Juan XXII en una visión que, a los que llevaran el escapulario, los libraría del purgatorio el sábado después de su muerte.


¿Qué indulgencias podemos ganar?

Parciales (es decir, que nos libra de parte de las penas que tendríamos que sufrir en el purgatorio): a los que lleven el escapulario, cada vez que lo besen con devoción. 

Plenaria (es decir que nos libra de TODAS las penas que deberíamos sufrir en el purgatorio por nuestros pecados): 


– El día que reciben el escapulario 

– El 16 de mayo (San Simón Stock). 

– El 16 de julio (Virgen del Carmen). 

– El 20 de julio (San Elías Profeta). 

– El 1 de octubre (Santa Teresita). 

– El 15 de octubre (Santa Teresa de Jesús). 

– El 14 de noviembre (todos los Santos carmelitas). 

– El 14 de diciembre (San Juan de la Cruz).


¿Qué hay que hacer para recibir lo que prometió la Virgen?

Para la principal promesa, que es la de librarnos del infierno, la única condición es que lo tengamos impuesto por un sacerdote (sólo la primera vez, cuando lo cambiamos por otro lo hace uno mismo) y llevarlo puesto en el momento de la muerte. Para la promesa de sacarnos del purgatorio el sábado siguiente de la muerte es necesario rezar lo que el sacerdote nos indique, guardando la castidad propia del estado.


Historia

Nueve siglos antes de que naciera Jesús, Palestina sufría una gran sequía por haber sido infiel a Dios. Hacía tres años que no llovía. 

En el Monte Carmelo, el profeta Elías desafió a los 450 profetas del dios Baal para demostrar quién era el Dios verdadero. Tras el fracaso de estos, Elías oró e hizo descender fuego del cielo, devolviendo al pueblo la fe en Yahvé y poniendo fin a una intensa sequía. El relato bíblico de este acontecimiento (registrado en 1 Reyes 18) destaca dos hitos principales durante su estancia en la montaña:

El desafío del sacrificio: Elías propuso colocar un buey sobre el altar sin encender fuego debajo, pidiendo que el dios que respondiera con fuego fuera reconocido como el único Dios. El fuego divino descendió consumiendo el holocausto, la leña e incluso el agua de la zanja.

El milagro de la lluvia: Tras dar muerte a los profetas de Baal, Elías subió a la cumbre del Carmelo a orar y envió a su siervo a mirar hacia el mar en siete ocasiones. Finalmente, divisó una pequeña nube que pronto desató una fuerte lluvia sobre la tierra.

El profeta Elías subió al Monte Carmelo para rezar. Mientras él rezaba, mandó a su criado a la cima de la montaña para ver qué veía. El criado volvió diciéndole que no había nada. El profeta lo hizo ir siete veces. La séptima vez volvió diciendo que se veía una nubecita. Esta nube era pequeña, parecía que iba a desaparecer, pero creció y derramó una abundante lluvia que trajo la salvación (I Reyes 18, 43-45). Por eso se ha visto en esa nubecita la figura de la Virgen María, que siendo humilde y pequeña a los ojos de los hombres, mereció ser la Madre de Dios, por quién nos vino el Salvador.


Ermitaños Carmelitas

Desde los primeros siglos de la Iglesia hubo ermitaños que vivían en el Monte Carmelo. En el siglo XII se estableció una comunidad de ermitaños, venidos para las cruzadas, que fueron llamados Carmelitas. 

 Tras la caída del Reino de Jerusalén, un grupo de occidentales decidió establecerse en las cuevas y barrancos del Monte Carmelo, cerca de una fuente de agua conocida como la Fuente de Elías.

Tenían especial consagración a la Virgen María, que llamaban Madre del Carmelo.

Los ermitaños que vivían en el Monte Carmelo, conocidos históricamente como los Hermanos de Nuestra Señora del Monte Carmelo, son los fundadores de la Orden de los Carmelitas. A finales del siglo XII, inspirados por el profeta Elías, se retiraron a las cuevas y laderas de esta montaña en Tierra Santa para llevar una vida de silencio, pobreza y oración.

 Buscaban imitar el celo y la vida contemplativa del profeta Elías, quien según el Antiguo Testamento se refugió en el Monte Carmelo. Como su padre espiritual, buscaban imitar su celo por Dios y su vida de oración contemplativa.   Vivían en pequeñas celdas o cuevas aisladas (eremitorios), dedicados al trabajo manual, la oración ininterrumpida y el ayuno. 

Los primeros carmelitas llegaron como peregrinos en el Monte Carmelo para vivir una vida de oración y penitencia. La mayoría, después de haber sido cruzados que quería vivir su vida en la Palestina. Ellos adoptaron un estilo de vida en soledad en el monte Carmelo, cerca de un manantial llamado Fuente de Elías. En la derrota y pérdida de los lugares sagrados, recibieron la ispiración del carisma de vivir en tiera de santidad y la montaña de la vida cristiana, en el amparo se la Virgen del Monte Carmelo, singo de la presencia santa de Dios.  Estos primeros eremitas eran en su mayoría laicos (es decir, que no eran monjes o canónigos), que vivían una vida de pobreza evangélica, de penitencia y de oración como una forma de seguir a Cristo. Entre 1206 y 1214 San Alberto, Patriarca de Jerusalén, reunió a los ermitaños del Monte Carmelo en comunidad y a petición de éstos, les dio una regla de vida.


Consagración

Estos eremitas establecieron su comunidad cerca de un manantial llamado la Fuente de Elías. Construyeron una capilla consagrándose en honor a la Virgen María, consolidando así su profunda devoción mariana y sentando las bases para lo que hoy es la Orden Carmelita.

Entre 1206 y 1214, San Alberto, Patriarca de Jerusalén, unió a estos ermitaños dispersos en una comunidad y les otorgó una "regla" o norma de vida.

Debido a la inestabilidad política y las amenazas en Tierra Santa durante el siglo XIII, muchos de estos ermitaños migraron a Europa. Para adaptarse a su nueva realidad, la Iglesia Católica transformó su estricta vida puramente eremítica a la de una orden mendicante (frailes que viven en comunidad y sirven de manera activa), dando origen a los frailes y monjas carmelitas que existen hoy. El Carisma Eremítico en la Actualidad Hoy en día, el carisma original de la vida eremítica sigue muy vivo. Los Ermitaños Carmelitas (tanto en la rama masculina como femenina) son una rama contemplativa de la orden. Estos hombres y mujeres viven en clausura, dedicados a la soledad y la oración pura, manteniendo el espíritu de los primeros monjes del Carmelo.

En 1247, el Papa Inocencio IV aprobó la forma de vida escrita por Alberto de Jerusalén así como algunas mitigaciones de la Regla del Carmelo para que se ajustase a su nueva situación. Esta es la regla que todos los carmelitas observamos hasta este día. Así fueron reconocidos como religiosos y se pusieron al servicio de la Iglesia como una de las órdenes de los frailes mendicantes.

La regla en sí es breve y muy bíblica. Es una exhortación a una vida en “obsequio de Jesucristo” meditando la ley del Señor día y noche, siendo revestido con la armadura espiritual, viviendo en comunión fraterna, unida en la celebración cotidiana de la Eucaristía. A través de una vida de trabajo en silencio y penitencia, arraigada en la fe, esperanza y amor, donde la voluntad de Dios es percibida a través del diálogo y servicio a los hermanos.

Es en esta época donde los hermanos Carmelitas comenzaron a recibir el orden sacerdotal. Desde que fueron los Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo que se consideraban miembros de la Orden de María y llevaba una capa blanca en su honor y fueron conocidos como los hermanos blancos.

En 1452, los horizontes de la Orden se ampliaron gracias a la reforma de Prior General, el Beato Juan Soreth, obtenido el permiso del Papa para fundar conventos de monjas carmelitas y agregar a la Orden a los laicos como miembros de la Tercera Orden, hoy llamado Orden de Carmelitas seglares.

 Por las persecuciones de los musulmanes muchos fueron martirizados y otros volvieron a Europa. Parecía que iba a desaparecer la orden de los Carmelitas por todas las dificultades que estaba pasando. El Prior general de la Orden, San Simón Stock, se vuelve a la Virgen María, pidiéndole que salve la orden, que dé un privilegio a sus Carmelitas. La Virgen se le aparece el 16 de Julio de 1251 y le entrega un escapulario, diciéndole que es un privilegio para los Carmelitas, que quien muera teniéndolo puesto, no se iría al infierno.

Muchas personas laicas pidieron llevar también el escapulario, a raíz de la promesa de Nuestra Señora de librar del infierno a quien lo portara. Muchos reyes, papas y santos lo han llevado: San Luis Rey de Francia, Eduardo II de Inglaterra, San Juan Bosco, Santa Bernardita, la mayoría de los últimos papas.

San Alberto dirige la Regla a San Brocardo « et caeteris eremitis» («y a los demás ermitaños») que viven en el Monte Carmelo. «Eremítico» proviene del latín « in eremis» : vivir en el desierto. La vida «eremítica» implica apartarse de los asuntos seculares para alcanzar a Dios, pero no necesariamente conlleva una soledad exterior radical y total respecto a los demás miembros de la misma familia religiosa, los compañeros de armas espirituales en el mismo campo de batalla. Esta antigua vida carmelita, en su forma eremítica original, no se refiere a una colección dispersa de individuos independientes, como ocurre en una  laura de ermitaños , sino a una verdadera comunidad religiosa que observa una forma eremítica de vida monástica, con una estricta observancia religiosa y una formación religiosa tradicional. Por lo tanto, según la tradición carmelita, la vida comunitaria y la soledad se integran armoniosamente para que el alma se ejercite en las virtudes y progrese hacia una profunda comunión con Nuestro Señor y Nuestra Señora en presencia del Dios Trino. Esta vida religiosa contemplativa, cuando se observa fielmente, favorece profundamente la contemplación, el progreso en las etapas de la vida interior y el logro de una auténtica unión con Dios… y la profunda felicidad que de ella se deriva. Para quienes poseen la aptitud, la vocación y el deseo, los Anacoretas de los Ermitaños Descalzos de Nuestra Señora del Monte Carmelo tienen la posibilidad de observar un mayor grado de soledad que el resto de los ermitaños, como las comunidades carmelitas del Monte Carmelo y de los Santos Desiertos Carmelitas Descalzos.


Nuestra Señora y el Carmelo

 Este antiguo carisma contemplativo carmelita imita la vida contemplativa de la Santísima Virgen María y se une íntimamente a ella y a su obra esencial en el corazón de la Iglesia, unido a la obra más esencial de Cristo en la Cruz, adorando a Dios y salvando almas. Por lo tanto, el carmelita no solo debe consagrarse a Nuestra Señora, sino que debe revestirse de María para «revestirse de Cristo» (Gálatas 3:27) de manera plena y perfecta.


Formación religiosa y sacerdotal

 Según la tradición carmelita, los Ermitaños Descalzos de Nuestra Señora del Monte Carmelo enfatizan la separación del mundo, la oración mental, la formación intelectual y el estudio sagrado al servicio de la contemplación y la liturgia sagrada. La formación intelectual sigue la rica herencia de los santos carmelitas, los Padres de la Iglesia y Santo Tomás de Aquino, a quien los carmelitas han llamado tradicionalmente “ Praeceptor Ordinis Nostri ” (“El Maestro o Instructor de nuestra Orden”). Esta vida religiosa no es algo accesible solo para un hombre que ya es competente o perfecto en la vida interior o de mayor edad, conocimiento y experiencia. Más bien, el elemento más importante en una vocación religiosa —incluida una vocación a esta vida religiosa contemplativa tradicional— es un compromiso de la voluntad y una docilidad a Dios y a sus instrumentos designados en la formación y observancia religiosa. En esta comunidad, estos instrumentos para el crecimiento y la santificación incluyen: una sólida estructura de obediencia religiosa; una observancia integrada e inquebrantable de la oración, el trabajo, la recreación y el descanso; El ejercicio continuo de la sincera caridad fraterna; la práctica de la penitencia según la sabiduría y prudencia de los santos para la curación de los efectos del pecado original y del pecado personal; el estudio de la Sagrada Escritura, la teología sagrada y los escritos de los santos y maestros espirituales; el canto sagrado y una rica vida litúrgica. Aquellos ermitaños que también son llamados a ser sacerdotes religiosos en la comunidad completan un extenso programa de estudios. Existe asimismo la posibilidad de vivir como hermano lego en la comunidad.


 Como dijo Santa Teresa, «todo es gracia». Fundamentalmente, la vida religiosa se ordena a la eliminación de los obstáculos de la gracia divina y a la aplicación activa de todo aquello que favorece su crecimiento y perfección en el alma: debemos esforzarnos y es Dios quien concede ese crecimiento. Un discernimiento adecuado debe tener presente el papel primordial de la gracia divina en la vocación y la santificación, y considerar en oración cómo la gracia ha actuado en el alma y hacia qué forma de vida parece atraerla con una motivación sobrenatural. Un discernimiento basado únicamente en motivos naturales —que nos inclinaría hacia lo mundano o lo que resulta cómodo para nuestra naturaleza caída— sería escuchar al mundo o a nuestras pasiones en lugar de al Espíritu de Dios y a la exhortación de los santos y de la Iglesia. El carisma específico de esta comunidad corresponde a la vocación de un alma imbuida por Dios con una particular atracción —por gracia— hacia el silencio, la soledad, la oración mental y la contemplación, la penitencia, la hermosa liturgia, el estudio sagrado, la caridad fraterna y el trabajo manual. Estos son los principales medios para que el ermitaño, como hermano o sacerdote, alcance la santidad y la perfección en la caridad, que constituyen el fin último de su vocación religiosa y le permiten realizar plenamente la consagración de su alma iniciada en el Bautismo, no solo en el Cielo, sino también, en cierta medida, en la tierra. Una atracción constante y profunda hacia estos medios particulares de santificación podría ser señal de un llamado divino a esta forma de vida religiosa y a este carisma. Según la autoridad espiritual de los maestros y doctores espirituales de la Iglesia, Santo Tomás de Aquino, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Ávila, San Francisco de Sales y San Alfonso María de Ligorio, un candidato debe reflexionar sobre la naturaleza de la vocación como: una decisión sencilla y sincera, confiando en la gracia divina, de abrazar y observar todo lo que una orden religiosa y su herencia, inspiradas por el Espíritu Santo en la Iglesia, practican según su Regla, Constituciones y costumbres de larga tradición, para la gloria de Dios, el perfeccionamiento del alma consagrada en unión con Él y un servicio especial a la Iglesia. Esa firme decisión, bajo la influencia y atracción de la gracia, junto con la aptitud física para la observancia, es una vocación: así de profunda en la gracia de Dios, pero así de sencilla en la voluntad que responde. Esta perspectiva y enfoque tradicional de la vocación religiosa y el discernimiento ayuda a preservar un discernimiento honesto y adecuado de la corrupción de la cultura moderna, psicológicamente confusa y ensimismada.



Consagración por El Escapulario Carmelitano


1. Preparación Espiritual

Intención: Recibirlo no como un amuleto de buena suerte, sino como un recordatorio constante de tu compromiso bautismal y devoción a la Madre de Dios.

Vida Sacramental: Es recomendable estar en estado de gracia (confesado recientemente) al momento de recibirlo por primera vez. 

Formación básica: Conocer las promesas asociadas al escapulario (como la protección espiritual y el auxilio en la hora de la muerte).


2. El Rito de Imposición 

Búsqueda de un Sacerdote: Cualquier sacerdote o diácono tiene la autoridad para bendecir e imponer el escapulario. 

La Ceremonia: Se realiza una breve oración donde el clérigo bendice el escapulario y lo coloca sobre tus hombros (una pieza de tela cae sobre el pecho y la otra sobre la espalda). 

Inscripción: Con este acto, pasas a formar parte de la Familia Carmelita, participando de sus gracias espirituales. 


3. Compromisos al Portarlo  

Al recibirlo, asumes tres compromisos fundamentales detallados por la tradición carmelita: 

Uso constante: Llevar el escapulario habitualmente, de día y de noche. 

Vida de oración: Rezar frecuentemente, siendo la práctica recomendada el rezo diario del Santo Rosario. 

Pureza: Guardar la castidad según tu estado de vida (soltero, casado, consagrado). 


4. Directrices Prácticas  

El primer escapulario: Debe ser de tela bendecida por un sacerdote. Una vez impuesto, si se desgasta o se rompe, puedes reemplazarlo tú mismo por uno nuevo sin necesidad de que sea bendecido nuevamente.  

Uso de medalla: La Iglesia autoriza que, después de la primera imposición con el escapulario de tela, puedas sustituirlo por una medalla bendecida (con la Virgen del Carmen y el Sagrado Corazón) para mayor comodidad.



El hábito carmelitano

Habito Carmelita: consiste en una amplia túnica color café oscuro (que es una invitación a abrazar la cruz cada día, así como un recordatorio de la tierra, ya que Karmel -Carmelo- significa Jardín de Dios), sujeta por un cinturón (símbolo de auto-control), y un escapulario del mismo color con un escote trapezoidal (según la tradición, el 16 de julio de 1251 la Virgen María se apareció a San Simón Stock en Inglaterra, a quien entregó el escapulario del Carmen).

El escapulario representa la protección de María y su deseo de vestirlas en Cristo. Para salir, utilizan también un manto o capa blanca, que simboliza la pureza del corazón y la mente, la santidad y la castidad.



EL HÁBITO CARMELITA

El hábito es sin duda lo primero que uno nota en las Hermanas y los Hermanos religiosos. Es un signo, a propósito del cual pueden surgir diversas preguntas: ¿Por qué decidieron llevar el hábito religioso? ¿Por qué gris, marrón, negro…? 

La Orden Carmelita es una familia religiosa que pertenece a la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo; enriquecida con un carisma propio para desempeñar una misión peculiar en el Cuerpo Místico de Cristo.

“Todas las que traemos este sagrado hábito del Carmen estamos llamadas a la oración y a la Contemplación”. (Santa Teresa de Jesús)

El hábito de la Orden del Carmen es un signo externo de consagración total a Dios en los votos de obediencia, castidad y pobreza, por parte de todos los miembros de los Orden. El hábito es de color marrón y consta de:

Vestidura talar con correa.

Escapulario y capucha.

Se añaden la capa blanca y capucha blanca.

Para las Madres la toca y el velo.


El hábito Santo se convierte para el religioso Carmelita en un constante recordatorio de que está llamado a imitar a la Virgen María, que, como un soldado, se viste con la armadura de la costumbre como él valientemente se batalla por Dios y por la humanidad. Cada parte de la ropa de los religiosos ha sido elaborada por la Orden con un significado teológico espiritual, que invita a cada miembro de la Orden a vivir la santidad.


El color marrón simboliza el humus de la tierra, como también la invitación a abrazar la cruz de cada día, como lo hizo nuestro Señor Jesucristo, y de imitar la humildad de la santísima Virgen María.

La túnica se conoce comúnmente como vestidura talar o sayal, simboliza que el religioso se reviste del hombre nuevo en Cristo. Este sayal cubre al religioso del cuello a las sandalias. El religioso Carmelita recibe esta investidura en el inicio del noviciado con la toma de hábito, esta celebración es muy sencilla con la presencia de toda la comunidad. En el momento de la toma de hábito, se lee esta fórmula: “El Señor que te llamó, inició en ti una vida nueva, la lleve a su plenitud, que te revistas de un hombre nuevo, que es creado según Dios en justicia y santidad de la verdad”.


El hábito talar: es un signo del nuevo hombre que ha renunciado al mundo, para servir y estar unido a Dios y llevar a Dios al mundo a través de su vida de entrega, oración, sacrificio, vida fraterna.

Ceñido con el cinturón de la castidad, el religioso está ceñido a Cristo en su vida, sus ideales, en su proyecto, el Reino.

El Escapulario especie de delantal simboliza la actitud de servicio y caridad, que debe caracterizar al religioso.

La capa blanca simboliza la fe, de la que nos habla nuestro padre San Juan de la Cruz, hemos de revestirnos de la fe, y aspirar a la vida eterna.

La capucha representa la almilla de la esperanza que nos protege el corazón del ataque del enemigo. 








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