Escapulario del Carmen, Consagración interior a María 9

 



DIA NOVENO






Invocación al Espíritu Santo


Ven Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo.

Padre amoroso del pobre, don en tus dones espléndido.

Luz que penetras las almas, fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestros esfuerzos.

Tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego.

Gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma, divina luz y enriquécenos.

Mira el vacío del alma si Tú le faltas por dentro.

Mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo.

Lava las manchas. Infunde calor de vida en el hielo.

Doma el espíritu indómito. Guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones según la fe de tus siervos.

Por tu bondad y tu gracia, dale al esfuerzo su mérito.

Salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno. Amén.











DIA NOVENO


¡Oh! Virgen del Carmen, María Santísima, que para señalar a los Carmelitas por especiales hijos tuyos, los enriqueciste con la singular prenda del santo Escapulario, vinculando en él tantas gracias y favores para con los que devotamente lo visten y cumpliendo con sus obligaciones, procuran vivir de manera que imitando tus virtudes, muestran que son tus hijos. Te ruego, Señora, me alcances la gracia de vivir siempre como verdadero cristiano y cofrade amante del santo escapulario, a fin de que merezca lograr los frutos de esta hermosa devoción. Amén.















DIA NOVENO

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Virgen del Carmen Reina



Judit 15, 8-10

 "El sumo sacerdote Joaquín y los ancianos del pueblo de Israel que habitaban en Jerusalén vinieron para contemplar los beneficios con que Dios había colmado a Israel, y también para ver a Judit y saludarla. Al verla, todos a unas, la elogiaron y le dijeron: «¡Tú eres la gloria de Jerusalén, tú el gran orgullo de Israel, tú el insigne honor de nuestra raza! Al realizar todo esto con tu propia mano, has hecho un gran bien a Israel, y Dios ha aprobado tu obra. Que el Señor todopoderoso te bendiga para siempre». Y todo el pueblo dijo: «¡Amén!»"





 La Virgen María es considerada Reina principalmente por ser la Madre de Jesucristo, quien es el Rey del Universo. En la tradición bíblica, la madre del rey recibía el título de "Reina Madre" (Gebirah) y ocupaba un lugar de gran honor e influencia junto al trono. Además, existen tres fundamentos teológicos principales para este título:

Maternidad divina: Al ser Madre de Dios, su Hijo es el "Rey de reyes", lo que naturalmente le otorga a ella la dignidad de Reina.

Colaboración en la Redención: María participó de manera única en la obra salvadora de Jesús, acompañándolo desde su nacimiento hasta la cruz.

Coronación celestial: Como discípula perfecta, fue elevada al cielo en cuerpo y alma (la Asunción) y coronada por su Hijo como Reina de todo lo creado.

San Juan Pablo II, el 23 de julio del 1997, habló sobre la Virgen como Reina del universo. Recordó que "a partir del siglo V, casi en el mismo período en que el Concilio de Efeso proclama a la Virgen "Madre de Dios", se comienza a atribuir a María el título de Reina. El pueblo  cristiano, con este ulterior reconocimiento de su dignidad excelsa, quiere situarla por encima de todas las criaturas, exaltando su papel y su importancia en la vida de cada persona y del mundo entero".

El Santo Padre explicó que "el título de Reina no sustituye al de Madre: su realeza sigue siendo un corolario de su peculiar misión materna, y expresa simplemente el poder que le ha sido conferido para llevar a cabo esta misión. (...) Los  cristianos miran con confianza a María Reina, y esto aumenta su abandono filial en Aquella que es madre en el orden de la gracia".








Las Sagradas Escrituras nos enseñan que los que son de Cristo reinarán con El y la Virgen María es ciertamente de Cristo.


Romanos 5:17

"En efecto, si por el delito de uno solo reinó la muerte por un solo hombre ¡con cuánta más razón los que reciben en abundancia la gracia y el don de la justicia, reinarán en la vida por uno solo, por Jesucristo!"


II Timoteo 2:12

"Si nos mantenemos firmes, también reinaremos con él; si le negamos, también él nos negará."



María Santísima es reina de todo lo creado.


Si bien todos reinaremos con Cristo, María Santísima participa de Su reinado de una forma singular y preeminente. Esto significa que Dios le ha otorgado Su poder para reinar sobre todos los hombres y los ángeles, y para vencer a Satanás.


Razones por las que María Santísima es Reina de todos:


María es Reina por ser la madre de Dios hecho hombre, El Mesías, El Rey universal. (Col 1, 16).

Santa Isabel, movida por el Espíritu Santo, hace reverencia a María, no considerándose digna de la visita de la que es "Madre de mi Señor" (Lc 1:43). Por la realeza de su hijo, María posee una grandeza y excelencia singular entre las criaturas, por lo que Santa Isabel exclamó: "Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno" (Lc 1:42).

El ángel Gabriel le dijo a María que su Hijo reinaría. Ella es entonces la Reina Madre.

Su reino no es otro que el de Jesús, por el que rezamos "Venga tu Reino". Es el Reino de Jesús y de María. Jesús por naturaleza, María por designio divino.


En 1 Reyes 2,19 vemos que la madre del Rey se sienta a su derecha.


 Es evidente que María es la perfecta discípula que acompañó a Su Hijo desde el principio hasta el final, Cristo le otorga la corona. Cf. Ap. 2,10 En María se cumplen las palabras: "el que se humilla será ensalzado". Ella dijo "He aquí la esclava del Señor".

Por eso el Papa San Juan Pablo II, en la audiencia del 23-7-97 dijo que "María es Reina no sólo porque es Madre de Dios, sino también porque (...) cooperó en la obra de la redención del género humano. (...). Asunta al cielo, María es asociada al poder de su Hijo y se dedica a la extensión del Reino, participando en la difusión de la gracia divina en el mundo".

Ella participa en la obra de salvación de su Hijo con su "sí" en el que siempre se mantuvo fiel, siendo capaz de estar al pie de la cruz (Cf. Jn 19:25)

María Santísima, reinando con su hijo, coopera con El para la liberación del hombre del pecado. Todos nosotros, aunque en menor grado, debemos también cooperar en la redención para reinar con Cristo.

Sin embargo la misión de María Santísima es única pues solo ella es madre del Salvador. Las Escrituras así lo anuncian: "Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar." (Génesis 3:15)











Cuales son las características del Reinado de María Santísima:


a) Preeminencia: "su honor y dignidad sobrepasan todo la creación ; los ángeles toman segundo lugar ante tu preeminencia." San Germán.


b) Poder Real: que la autoriza a distribuir los frutos de la redención. La Virgen María no solo ha tenido el más alto nivel de excelencia y perfección después de Cristo, pero también participa del poder de Su Hijo Redentor ejercita sobre las voluntades y mentes.


c) Inagotable eficacia de Intercesión con su Hijo y el Padre: Dios ha instituido a María como Reina del cielos y tierra, exaltada sobre todos los coros de ángeles y todos los santos. Estando a la diestra de su Hijo, ella suplica por nosotros con corazón de Madre, y lo que busca, encuentra, lo que pide, recibe".


d) Reinado de Amor y Servicio: Su reinado no es de pompas o de prepotencia como los reinos de la tierra. El reino de María es el de su Hijo, que no es de este mundo, no se manifiesta con las características del mundo. María tiene todo el poder como reina de cielos y tierra y a la vez, la ternura de ser Madre de Dios.



En la tierra ella fue siempre humilde, la sierva del Señor. Se dedicó totalmente a su Hijo y a su obra. Con El y sometida con todo su corazón con toda su voluntad a El, colaboró en el Misterio de la Redención. 


Dijo Benedicto XVI el 22 de Agosto del 2012: "Pensemos en el Señor: la realeza y el ser rey de Cristo está entretejido de humildad, servicio, amor: es sobre todo servir, ayudar, amar. Recordemos que Jesús fue proclamado rey en la cruz con esta inscripción escrita por Pilato: «rey de los judíos» (cf. Mc 15, 26). En aquel momento sobre la cruz se muestra que él es rey. ¿De qué modo es rey? Sufriendo con nosotros, por nosotros, amando hasta el extremo, y así gobierna y crea verdad, amor, justicia. O pensemos también en otro momento: en la última Cena se abaja a lavar los pies de los suyos. Por lo tanto, la realeza de Jesús no tiene nada que ver con la de los poderosos de la tierra. Es un rey que sirve a sus servidores; así lo demostró durante toda su vida. Y lo mismo vale para María: es reina en el servicio a Dios en la humanidad; es reina del amor que vive la entrega de sí a Dios para entrar en el designio de la salvación del hombre. Al ángel responde: He aquí la esclava del Señor (cf. Lc 1, 38), y en el Magníficat canta: Dios ha mirado la humildad de su esclava (cf. Lc 1, 48). Nos ayuda. Es reina precisamente amándonos, ayudándonos en todas nuestras necesidades; es nuestra hermana, humilde esclava.


De este modo ya hemos llegado al punto fundamental: ¿Cómo ejerce María esta realeza de servicio y de amor? Velando sobre nosotros, sus hijos: los hijos que se dirigen a ella en la oración, para agradecerle o para pedir su protección maternal y su ayuda celestial tal vez después de haber perdido el camino, oprimidos por el dolor o la angustia por las tristes y complicadas vicisitudes de la vida. En la serenidad o en la oscuridad de la existencia, nos dirigimos a María confiando en su continua intercesión, para que nos obtenga de su Hijo todas las gracias y la misericordia necesarias para nuestro peregrinar a lo largo de los caminos del mundo. Por medio de la Virgen María, nos dirigimos con confianza a Aquel que gobierna el mundo y que tiene en su mano el destino del universo. Ella, desde hace siglos, es invocada como celestial Reina de los cielos; ocho veces, después de la oración del santo Rosario, es implorada en las letanías lauretanas como Reina de los ángeles, de los patriarcas, de los profetas, de los Apóstoles, de los mártires, de los confesores, de las vírgenes, de todos los santos y de las familias. El ritmo de estas antiguas invocaciones, y las oraciones cotidianas como la Salve Regina, nos ayudan a comprender que la Virgen santísima, como Madre nuestra al lado de su Hijo Jesús en la gloria del cielo, está siempre con nosotros en el desarrollo cotidiano de nuestra vida."

 






















Letanía de la Humildad

(del Cardenal Merry del Val)


¡Oh Jesús!, manso y humilde de corazón, óyeme.

Del deseo de ser estimado,

Líbrame, Jesús.

Del deseo de ser amado...

Del deseo de ser exaltado...

Del deseo de ser honrado...

Del deseo de ser alabado...

Del deseo de ser preferido a otros...

Del deseo de ser consultado...

Del deseo de ser aprobado...

Del miedo a ser humillado...

Del miedo a ser despreciado...

Del miedo a sufrir reprensiones...

Del miedo a ser calumniado...

Del miedo a ser olvidado...

Del miedo a ser ridiculizado...

Del miedo a ser agraviado...

Del miedo a ser sospechado...

Que otros sean amados más que yo,

Jesús, concédeme la gracia de desearlo.

Que otros sean estimados más que yo...

Que, en la opinión del mundo,

otros aumenten y yo disminuya...

Que otros sean escogidos y yo puesto aparte...

Que otros sean alabados y yo desapercibido...

Que otros sean preferidos a mí en todo...

Que otros se hagan más santos que yo, con tal de que yo me haga tan santo como debo...
















Oración a Nuestra Señora del Carmen

(Monseñor Ramón Ángel Jara) 


¡Oh Virgen Santísima del Carmen!. Llenos de la más tierna confianza como hijos que acuden al corazón de su madre, nosotros venimos a implorar una vez más los tesoros de misericordia que con tanta solicitud nos habéis siempre dispensado. 

Reconocemos humildemente que uno de los mayores beneficios que Dios ha concedido a nuestra Patria, ha sido señalaros a Vos por nuestra especial Abogada, Protectora y Reina. Por eso a Vos clamamos en todos nuestros peligros y necesidades seguros de ser benignamente escuchados. Vos sois la Madre de la Divina Gracia, conservad puras nuestras almas; sois la Torre poderosa de David. defended el honor y la libertad de nuestra Nación; sois el refugio de los pecadores, tronchad las cadenas de los esclavos del error y del vicio; sois el consuelo de los afligidos, socorred a las viudas, a los huérfanos y desvalidos; sois el auxilio de los cristianos, conservad nuestra fe y proteged a nuestra Iglesia, en especial a sus Obispos, sacerdotes y religiosos. 

Desde el trono de vuestra gloria atended a nuestras súplicas, ¡oh Madre del Carmelo! Abrid vuestro manto y cubrid con él a esta República de Chile, de cuya bandera Vos sois la estrella luminosa. Os pedimos el acierto para los magistrados, legisladores y jueces; la paz y piedad para los matrimonios y familias; el santo temor de Dios para los maestros; la inocencia para los niños; y para la juventud, una cristiana educación. 

Apartad de nuestras ciudades los terremotos incendios y epidemias; alejad de nuestros mares las tormentas, y dad la abundancia a nuestros campos y montañas.

Sed el escudo de nuestros guerreros, el faro de nuestros marinos y el amparo de los ausentes y viajeros. Sed el remedio de los enfermos, la fortaleza de las almas atribuladas, la protectora especial de los moribundos y la redentora de las almas del Purgatorio. 

¡Oídnos pues, Reina y Madre Clementísima! Y haced que viviendo unidos en la vida por la confesión de una misma fe y la práctica de un mismos amor al Corazón Divino de Jesús, podamos ser trasladados de esta patria terrenal a la patria inmortal del cielo, en que os alabaremos y bendeciremos por los siglos de los siglos. Amén.



¡Virgen del Carmen Reina de Chile,

 salva a tu pueblo que clama a ti! 









GOZOS A LA VIRGEN DEL CARMEN


(Se han rezado en Chile, desde antes de 1837, 

sobre todo los días Miércoles)


Pues la eterna Majestad,

Nos dio en Vos tanto consuelo,

Virgen Santa del Carmelo

Válganos vuestra piedad 


Dios os salve, gran Señora, 

A quien el cielo y la tierra 

Por su gran reina venera, 

Y reverencia, y honora; 

Pues vuestro poder implora 

De reina, nuestra humildad. 

Virgen Santa del Carmelo

Válganos vuestra piedad 


Dios os salve, Virgen Madre, 

Tan tierna y tan amorosa, 

Que siempre os ven cariñosa 

Los hijos del primer padre; 

Y pues vuestro pecho abre 

Los tesoros de bondad. 

Virgen Santa del Carmelo, etc. 


Eva y Adán, delincuentes 

Se hicieron por el pecado, 

Y como herencia han dejado 

La muerte a sus descendientes; 

Pero vos de los vivientes 

Sois vida con propiedad. 

Virgen Santa del Carmelo, etc. 


Sois del alma la dulzura 

Que la embelesa y encanta, 

Y sus potencias levanta 

A admirar vuestra hermosura; 

Para que nuestra amargura 

Temple vuestra suavidad. 

Virgen Santa del Carmelo, etc. 


Vos sois la Ester toda hermosa, 

De vuestro pueblo esperanza 

Que a librar por Vos alcanza 

De la muerte rigurosa; 

Y pues sois tan poderosa 

Con la Augusta Majestad. 

Virgen Santa del Carmelo, etc. 


Los hijos de Eva ocurrimos 

Y en vuestro amparo esperamos, 

En el destierro en que estamos, 

Esa patria que perdimos 

Que nos alcancéis pedimos 

Nuestra amada libertad. 

Virgen Santa del Carmelo, etc. 


A Vos Madre, suspiramos, 

Con gemidos y sollozos, 

Porque no puede haber gozos 

En el valle en que lloramos; 

Y pues por vos esperamos 

Consuelo en nuestra orfandad. 

Virgen Santa del Carmelo, etc. 


¡Oh Protectora divina!, 

¡Oh consuelo celestial!, 

¡Oh refugio universal!, 

¡Oh belleza peregrina!, 

Pues del alma medicina 

Sois en toda enfermedad. 

Virgen Santa del Carmelo, etc. 


V.- Ruega por nosotros Madre de Dios del Carmelo

R.- Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo.















VIRGEN DEL CARMEN BELLA.


Virgen del Carmen bella,

Madre del Salvador;

de tus amantes hijos

oye el cantar de amor.


DIOS TE SALVE MARÍA

DEL CARMEN BELLA FLOR;

ESTRELLA QUE NOS GUÍAS

HACIA EL SOL DEL SEÑOR.


Junto a ti nos reúnes,

nos llamas con tu voz:

quieres formar de Chile

un pueblo para Dios.


Somos un pueblo en marcha,

en busca de la luz:

guíanos Madre nuestra,

llévanos a Jesús.


Haznos cristianos, Madre,

cristianos de verdad:

gente de fe sincera,

de viva caridad.













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